jueves, 19 de junio de 2014

Les dije:

_W2C1486

No vine aquí para hacer fotos pero tenía que hacer esta

lunes, 19 de mayo de 2014

lunes, 28 de abril de 2014

lunes, 7 de abril de 2014

lunes, 24 de febrero de 2014

lunes, 17 de febrero de 2014

lunes, 20 de enero de 2014

Pitti Uomo (Michael, day-by-day)

Michael day 1
Michael day 2
Michael day 3
Michael day 4

Fui por primera vez a Pitti Uomo. Una marca me pidió que hiciese fotos de todo el ambiente. La feria es brutal, hay marcas interesantísimas y visitantes también. Pero confieso que me sentí abrumado por tantas cámaras, lentes y fotografías. Tanto es así que lo que menos me apetecía hacer allí era fotografiar a nadie. Como si todo aquello estuviese, de alguna forma, en las precisas antípodas de momentos como este o aquel. Como si todo aquello desconociese que es posible, de verdad, encontrar gente inspiradora en los sitios más inusuales. En cualquier lugar del mundo donde a quien quiera que abordemos verdaderamente extrañe nuestra petición. Incluso llegando a desconfiar de ella. Pero que después de 30 segundos de conversación y una sonrisa genuina acabe por dejarse fotografiar por un extraño. Cuando vi a Michael junto a aquellas escaleras, pensé que era una de las pocas imágenes que podría haber sido tomada lejos de aquella confusión, de todo aquel bullicio, de toda aquella feria de vanidades con pelos en la cara . Y cuando, al día siguiente, le vi otra vez allí, entendí que todavía quedaban por capturar un par de  momentos más y le dije:
– Creo que resultará difícil de creer pero tus fotografías son las únicas que quiero para mi blog.
Sólo él, en cada uno de los días que la feria duró. Sin pompa, ni circunstancia, ni la más leve edición. Sin esperar siquiera a que desocupasen la escalera. Sólo él, en las escaleras que conducían al stand de la marca de la que forma parte

lunes, 11 de noviembre de 2013

Sin palabras

Speechless


[esta y otras imágenes de este mismo momento pueden verse aquí y, supongo, por aquí también] 

viernes, 25 de octubre de 2013

Probablemente

A camisa oriental

la camisa de hombre mas bonita que jamas fotografié

jueves, 24 de octubre de 2013

El viejo y el lago

O velho e o lago

Quien me conoce sabe bien que no me limité sólo a tomar esta fotografía. Sabe que me subí a la roca. Que enganché a alguien para que me fotografiase en su lugar. Que me fotografiase a mi y a Ilija juntos, en una charla amena, tentando a la suerte como los peces que por allí había, centrados en la parte albanesa del lago. En realidad no creo que Ilija sea viejo. Incluso porque la vejez, al menos hasta cierta edad
- cual instinto de supervivencia – va siempre dos generaciones por delante, lo suficientemente lejos para que nos podamos sentir descansados sin mayores preocupaciones. Porque no somos viejos ni nuevos, somos apenas el centro de nuestro mundo, y es con él como referencia , que lo que quiera que viva o ocurra en este planeta es alto, bajo, gordo, flaco, feliz, triste, inteligente o tonto, clarividente, obtuso, estúpidamente interesante o anormalmente aburrido. E Ilija, aunque técnica y científicamente posible, difícilmente sería mi abuelo. Y, pudiendo ser él mi padre, difícilmente me referiría a él como viejo. Porque los viejos, por definición, están más cerca de la muerte y nadie, tenga 20 o 60 años de edad, se siente cómodo pensando en la muerte de sus padres. De hecho tengo una foto yo solo en esa roca. Y unas cuantas con Ilija. Por suerte tenía a Amanda cerca, una de las cuatro australianas con quien pasé cuatro días y cuatro noches porque nos conocimos en una gasolinera donde su taxi y mi autobús cruzaron itinerarios. Y Amanda es una fotógrafa de %#&#ª§£. De hecho, una fotógrafa de moda de %#&#ª§£. El tipo de persona que nos garantiza una docena de bellas imágenes para la posteridad. Y realmente, las fotografías, son el mejor recuerdo de las vivencias. Y lo que guardo de este lago son cuatro australianas, con quienes después de intercambiar e-mails en un apeadero de Macedonia, quedé más tarde para cenar y de quienes me enamoré. Parece un poco extraño pero fue eso lo que pasó. Me enamoré de aquellas chicas. Y con ellas permanecí como si, en aquellos cuatro días, hubiese allí una especie de hermandad, y una de ellas, a veces, me contaba algo sobre otra, la misma que unas horas después me decía cualquier cosa sobre la “una de ellas” del principio de la frase. Y así, empezaba a sentir que también formaba parte de ese grupo. Que yo también estaría en la inauguración de la nueva casa de Karolina en Melbourne. Y creo que de todas las semanas que pase de viaje este verano, las semanas que pase con estas chicas fueron las más bonitas que viví. La sensación de encontrar a alguien que a la vez conocemos tan poco y aparentemente nos gusta tanto, es tal vez por su fugacidad, una de las más bonitas que jamás he sentido. Y hubo un momento bonito. Particularmente bonito. El de la despedida. Momento que no fotografié. Ni Amanda. Aunque, para ser sincero, me gustaría tener esta imagen grabada. No es que mi figura en bañador, con la camiseta colgando en la cintura, sombrero de paja y sandalias de plástico mereciese aparecer aquí. O la de las cuatro, sentadas en el desayuno, insistiendo en que me uniera a ellas en Grecia. Me gustaría tener ese momento guardado porque se que estaba feliz.  Porque dejaba un momento bonito, pero sospechaba que me metía en otro. En este caso en un coche con cuatro holandeses con quienes me monté hasta Belgrado y que me ahorraron muchas horas de tren y autobús. Cuatro holandeses que estaban boquiabiertos por los detalles que mi memoria había retenido de la Eurocopa del 88 (la única competición internacional de selecciones que Holanda ganó en fútbol). Cuatro holandeses que tenían un concurso debidamente elaborado con 256 participantes, desde cantantes y actrices conocidas de medio mundo, alguna que otra artista porno, unas cuantas celebridades holandesas e incluso la novia de uno de ellos. El concurso que elegiría allí ese día y en ese coche, “la tía mas buena del mundo”. Me dijo Laurens: "José, no te lo tomes mal pero no puedes participar en esta elección porque no conoces a las holandesas, no sería justo" "Claro que no" respondí, conteniendo la risa para no burlarme del tono serio con que mi nuevo amigo me comunicaba tan solemne decisión. Mi opinión fue registrada como el 5º y último factor de desempate, pero no conseguí generar suficiente lobby para evitar que Monica Belluci fuese eliminada en los cuartos de final. Viví todo esto hace más de un mes. Por algún motivo pensé que todavía no había llegado el día de escribir el texto sin el cual sabía que jamás publicaría esta fotografía. Por algún motivo fue necesario que me metiera en un tren en Oporto de vuelta a Lisboa y tener a siete señoras deliciosas (seguramente mayores que Ilija pero soy incapaz de llamarlas "viejas") metiéndose conmigo, para que, cuando una de ellas se refirió a mí como "señor" pensar:
- %£&#-$@, ¿esta vieja me llama “señor”? (al final si soy capaz...)
Como si estuviera ofendido, en la irracionalidad mas pura, por una supuesta anciana, en calidad de señora educada, me hizo sentir menos nuevo. Y luego, por la rudeza de mi pensamiento, me acordé de Ilija. Porque el nombre de este post estaba ya pensado desde el momento que lo fotografié. Recordé a Ilija, Amanda, Aneta, Karolina, Tash, Bas, Chiel, Kosse y Laurens. Y a muchos otros también. Y pensé. Esta señora amorosa a quien acabo de llamar vieja me recordó otra grosería que quiero cometer. Llamar viejo a Ilija. Ese señor simpático que conocí con las chicas de las que me enamoré en una cena junto al lago. Ilija, el señor que estaba en Kaneo, el punto más hermoso del lago Ohrid, en aquella roca frente a la casa donde nació su esposa. Su esposa, aquella señora que me había saludado desde la ventana. La madre del niño que, hace dos días, me escribió pidiendo las fotos que Amanda y yo habíamos hecho a su padre

lunes, 7 de octubre de 2013

Calanque de Sugiton

Katie

Cuando cogemos un tren​​ ​en Santa Apolónia (estación ferroviaria en Lisboa) mochila a cuestas, gorra en la cabeza y las zapatillas (que nos parecen) más ​​modas, no tenemos, por una media docena de buenas razones, la esperanza de poder alimentar una página de este genero.  Y, de hecho, la única razón por la que me detuve en Marsella fue la hora, cuyo avance, no me permitía llegar a tiempo a una de esas localidades que personifican la imagen típica del sur de Francia. Marsella debía haber sido el eslabón más débil de un viaje cuyos objetivos fueron fijados dos meridianos más allá. Pero Marsella es (y no se me ocurre nada mejor que asegurar, a pies juntillas, que es genuinamente) hermosa. Podrán llamarle sucia, chunga  o simplemente peligrosa (y, según parece, hay una buena dosis de estadísticas que sostienen, en orden creciente, cada una de estas afirmaciones). Pero es hermosa. Entiendo que coches con matricula francesa con  ocupantes que a muchos otros franceses les costaría llamar compatriotas, acelerando por calles estrechas, en plena madrugada, a la misma velocidad con la que entro en una auto pista no es, entre otras cosas, la mejor tarjeta de visita para la actual Capital Europea de la Cultura. Pero hay algo allí que va más allá de todo esto. Y, por mucho que les cueste a muchos franceses admitirlo, parte de la receta  surge precisamente de su aura magrebí. Y de su naturaleza mediterránea. Eso es como decir que las Calanques, esas formaciones de piedra caliza,  profundas y escarpadas, parcialmente sumergidas por el mar, son de las cosas más hermosas que he visto en toda mi vida. Tanto me fascinaron que, cuando me fui en dirección a Belgrado, estaba seguro de regresaría allí a la vuelta. Pero esta claro. Algo más me mantuvo allí. Claire, Anne-Sophie, una canadiense cuyo nombre ahora no recuerdo, Andrew, Sophia, Natalie y Katie, a quien, a media tarde, ya todo el grupo había elogiado el traje de baño. Y si aún me impacta más esta foto que la de la pareja de regreso a su velero (y me encantó esa pareja), es curioso como para mí, esta bella imagen de Katie, es apenas una muestra de todos los otros momentos que tengo guardados (unos valientes megabytes y criterios visuales debajo de esta imagen), del día de calor en las Calanques y de la cena que le siguió. Porque, cuando me metí en un vagón en Santa Apolonia, eran estos momentos los que buscaba. Los que favorecían el trato familiar con aparentes desconocidos a quienes nos dirigíamos como viejos amigos que propiamente por méritos estéticos. Katie fue, por así decirlo, una especie de sorpresa. Una hermosa sorpresa

miércoles, 2 de octubre de 2013

Hydra

Hydra

Los vi desde lejos. ¿Si dudé? Claro que dudé (imaginen mi moviendo los brazos y gritando). Pero grité. Bien alto. Como me oían pero no conseguían entenderme acabaron por acercarse. Y les dije, sin grandes explicaciones, que les quería hacer una fotografía. "Una gran fotografía" les aseguré categóricamente. Me dio tiempo para pasarles la tarjeta con mi email y hacer media docena de fotos. Perdón ... de grandes fotos

miércoles, 24 de julio de 2013

jueves, 11 de julio de 2013

La excepción de la regla

Filipa&Francisco

No son unos desconocidos. Son mi ahijado y su novia. No me los encontré por casualidad en la calle. Les llamé. Para esto

jueves, 4 de julio de 2013

Osiris

Osiris

Le extiendo mi mano, me presento y cuando escucho su nombre digo:
¿-Osiris? Curioso... la primera persona que fotografié en Madrid se llamaba Osiris.
A lo cual ella responde “no conozco a nadie que se llame Osiris”. E insisto “estoy seguro de que su nombre era Osiris”. Me mira con cara de mucha atención, como si intentara alcanzarme a decenas de metros y pronuncia:
-¿Alfaiate? ("sastre" en portugués)
Sonrío (y con mi sonrisa le hago sonreír a ella también) y me doy cuenta que, después de todo, estábamos ambos tremendamente en lo cierto. Si se llamaba Osiris la chica que había sido la primera de muchas fotos en Madrid. Y también estaba en lo cierto Osiris por la extrañeza con que encaró siquiera la posibilidad de hubiera fotografiado antes a una homónima suya. Nos habíamos cruzado un día, tres años antes (mucho tiempo antes de ni tan siquiera soñar con algun día escribir en castellano), en plena Calle Serrano: aquí

miércoles, 26 de junio de 2013

Hot in here

Hot in here

No digo palabrotas. Quiero decir. Las digo. La verdad, cada uno de los que ya pasó por aquí es un potencial testimonio de que también las escribo. Pero cuando digo que no las digo, lo digo por el simple hecho de creer verdaderamente que sólo las digo cuando me enfrento a lo que quiera que me obliga a decir aquello, que en teoría no me debería permitirme hacer (lo que, en verdad, me parece el más ilustre de los sofismas para justificar mi propia vulgaridad). Lo digo cuando veo a mi equipo perder sin pena ni gloria, lo digo cuando mi compañero de equipo no corre todo lo que entiendo que debería correr, lo digo cuando presencio alguna injusticia o, simplemente, lo digo cuando siento lo que quiera que sentí en el momento que hice esta fotografía. Lo digo porque veo algo que me impacta de tal forma que no puedo sino decir aquello que siempre me enseñaron que no debía hacer. Porque ya lo había dicho aquí, la imagen cierta de la chica cierta meciendo la porción, también cierta, de pelo cierto, es fuera de su intimidad, el más bello y femenino de los gestos permitidos a una mujer. Y fue por eso, única y exclusivamente por eso….. que lo dije

[esta y otras imágenes de este mismo momento pueden verse aquí y, supongo, por aquí también]

domingo, 23 de junio de 2013

lunes, 17 de junio de 2013

Vega (y Sevilla)

Vega & Sevilla


Luis. Creo que se llamaba a Luis. Señaló en dirección a ellas y me preguntó "¿Sabes quiénes son?". "¿Debería?" pregunté. Realmente afirme para mi mismo “Si que debería” si no por otro motivo, por lo menos por el resultado imaginético que se adivinaba. La tarea se simplificó cuando, casualidad o no, invitaron a Vega a sentarse junto a mí en aquel patio sevillano donde tomaba el desayuno. Fue horas después, cuando la volví a encontrar a media tarde, cuando le hice esta foto. Pero fue por la mañana. Fue por la mañana cuando vi a Vega y una amiga suya. Una rubia y otra morena como si, aquella imagen que había captado mi atención, la de Luis y la de cualquiera que estuviera allí, formara parte de un tramo visual dedicado a la más intemporal de las feminidades. Y me perdí hacer esa foto, en parte porque también quería contemplarlas y disfrutar del momento discretamente sin enfoques, fotografías o presentaciones. Y, por otro lado, porque no me parecía bien dejar a Luis allí colgado. El mismo Luis me había preguntado "¿Sabes quiénes son?". A quien respondí preguntando “¿Debería?” cuando en realidad, me decía a mi mismo “Si que debería”. ¿Por qué? Porque cuando miré a Vega vi una virgen. Una de esas vírgenes por las que terroristas suicidas suspiran antes de inmolarse en cualquier lugar donde, momentos más tarde, quedará sólo sufrimiento y dolor. Como si mirando a Vega, encontrase tal humanidad en esos hombres en quienes, por la violencia de sus actos, siempre me cuesta encontrar este atributo. Y de todo esto me acordé mientras recorría el casco antiguo de Sevilla. Mientras recorría esas callejuelas estrechas y pensaba en cuanto me gustaría hacer una foto allí. En que la particularidad de este concepto de retratar, a quien por casualidad pasa por la calle, me impide tener asegurada una fotografía donde quiera que me apetezca hacerla. Y, al recorrer el barrio de Santa Cruz, noto las piedras de las que las suelas de mis zapatos no me protegen. Y llego a una hermosa plaza. No se llama Velázquez ni Goya. Ni Alfonso XI, ni XII, ni XIII. Ni Camilo José Cela ni Miguel de Cervantes Saavedra. Se llama Elvira. Doña Elvira. Donde volví al día siguiente. Porque hasta hace dos líneas era el día x. El día en que recordé a Vega, su encanto y el de Sevilla. El día en que caminé hasta el punto en que parecía sentir los cantos rodados de la acera en contacto directo con mis pies. Porque hoy cuando os escribo es el día x+1. Y estoy de nuevo en Doña Elvira. La verdad, estoy doblemente con ella ya que, además de encontrarme en aquella plaza, me siento en la mesa del restaurante que se apropió de su nombre también. Me siento, pido una hoja de papel y un boli. Voy ya, en este preciso momento, por la cara de atrás de la segunda hoja que pedí mientras tanto. Y recuerdo ahora que por culpa de Vega miré con humanidad la imagen del terrorista suicida. Debido a la chica que entra (con su amiga, en tonos más oscuros, igualmente bella) por el patio sevillano y hace que Luis me pregunte "¿Sabes quiénes son?". A quien contesto mediante una interrogación cuando, en verdad, lo sabemos ahora tan bien, confirmo par mi mismo “Si que debería”. Vega. No me resisto y digo "bonito nombre". Esta es, seguramente es una de las formas más elementales y carentes de arte de elogiar a una mujer. Pero es que Vega es bonito. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. No se puede imaginar que, aquel desayuno en un patio sevillano en el día x-1, me servirá de inspiración para que, el día x, mientras camino y sonrío por aquellas calles y callejuelas donde las piedras que emergen del suelo me dañan los pies, piense en algo que escribo, en este momento, en el día x+1, sentado en el restaurante, situado en la plaza del mismo nombre que no pertenece a un premio Nobel, artista o el ex monarca de mi país hermano. Pertenece sólo a Elvira. Doña Elvira. Y en ese momento me siento rendido a las más simples y prosaicas sensaciones de la vida. La brisa (casi) fresca que se siente en esta explanada o el encanto que Vega deja sobre mí, sobre el terrorista suicida, sobre Luis, o sobre cualquiera de las personas que estaban en aquel patio sevillano o cualquier otra que visite este blog. Y cuando pienso en eso me olvido hasta de las plantas de mis pies quemadas por esa acera antigua que mis zapatos de verano no pueden proteger. Vega me suena como el más bonito de los nombres. Exageradamente bello. Ella no parece desconfiar y yo, francamente, no se como explicárselo. Pero Vega es bello. Independientemente de lo que ella piense sobre el nombre que le pertenece. Y se hace aún más bello en aquel patio fresco de esa ciudad insoportablemente caliente con una gente desmesuradamente simpática y orgullosa. Porque mi fascinación por aquella imagen matutina de una rubia y una morena irrumpiendo en mi desayuno no eclipsa ni por un segundo el pensamiento de donde estoy. Estoy en Sevilla. Y en Sevilla encontré a la gente más orgullosa de su tierra. Porque en Sevilla escuche – de boca del padre de una chica que conocí allí – el más hermoso de dichos nativos. Dijo el, sin el mínimo rastro o atisbo de ironía:

- ¿Sabe lo que me da pena? A mi... A mí me da pena la gente que no nació en Sevilla.

Pues a mi me da pena quien no vio aquello que yo vi cuando Luis me pregunto "¿Sabes quiénes son?" y yo, con la más cínica de las retóricas, le pregunte “¿debería?" cuando ya todos estamos cansados de saber que murmuraba para mi mismo "que si debería, claro que debería"

lunes, 3 de junio de 2013

jueves, 30 de mayo de 2013

jueves, 16 de mayo de 2013

Tres momentos de un único retrato

Three moments of a single picture

Soy observador, pero distraído también. Reparé en las medias de una de ellas cuando subía a Garret. Y en otro elemento de una segunda de estas chicas en una tienda del Barrio Alto . Recuerdo que salí para atender una llamada y que justo estaba, en el momento que cuelgo, girado hacia una tienda de ropa de segunda mano. Lleva allí tanto tiempo que, a pesar de que el potencial de hacerme cliente suyo debe ser casi nulo, me apeteció entrar. Al entrar reparé en una chica bonita (porque si me esta permitido, antes de ser un tío con un blog, soy simplemente un tío) y, al salir, me di cuenta que esta chica estaba con las chicas en las que había reparado antes. Y cansado, sumergido en el egoísmo de quien no le apetece esperar, sin querer interrumpir la búsqueda del vestido perfecto ( pero interrumpiendo) le pregunté ( sin hablarles de esta serie de encuentros en un espacio de 5 minutos)
- ¿Os hago una foto?

Estos momentos ser pueden ver aquí también

martes, 30 de abril de 2013

She's still sexy when she sweats

She's still sexy when she sweats (1)
she's still sexy when she sweats (2)

Creo que de niño, mi concepto de "ir bien vestido" me transportaba directamente hasta un momento envuelto en un halo de formalidad, muy probablemente, a un evento organizado para celebrar alguna ocasión especial. Me tuvo que ser transmitido, probablemente, por mi abuela o un amiga suya, a través de un comportamiento más o menos efusivo, más o menos empalagoso, un día de esos que tuviese el cabello irreprensiblemente peinado, y en el que yo mismo, por las opciones que mis padres o yo hubiésemos tomado respecto a mi indumentaria, me sintiera más… "bien vestido". Ya en el instituto, me encontré con el concepto "tener estilo" y unos cuantos sinónimos (unos más ridículos que otros) que, imagino, conferían un aura cool a quien lo decía. Y "estar bien vestido", "tener estilo" o como quiera que queramos llamar a alguien que, por la forma en que se nos presenta, nos cautiva visualmente (por motivos que van más allá, objetivamente, de una determinada anatomía corporal o facial) dejó en mi cabeza, de ser prerrogativa de un determinado día, ocasión o formalidad. Y cuántas veces he oído "debías fotografiar aquí o allí, porque las personas van así o asa". Cuando es, precisamente, en esos sitios donde se crea la expectativa de encontrar personas que hayan perdido más tiempo del habitual en pensar qué se ponen, donde menos expectativas o ganas tengo de fotografiar. Y esta fotografía me hacia falta hace mucho tiempo. Probablemente desde que, en el malecón de Carcavelos, me crucé con un par de amigos que me dejaron pensando algo así como "aquellos cabrones hasta sudando tienen buena pinta". Y es curioso porque fue cuando, precisamente, estaba sudando como la pareja que me había dejado pensando en esta imagen (diametralmente opuesta a aquella que siendo achuchado entre besos y abrazos, me hacia oír "¡ay! que guapo estas!") cuando vi a Sara y le dije que – por extraño que pudiera parecer- le quería hacer una foto. Y no quería hacerlo en otro contexto. Quería hacerlo, precisamente, cuando salía el gimnasio

miércoles, 17 de abril de 2013

jueves, 11 de abril de 2013

La belleza de las cosas sencillas

Beauty lies in the simplest of things
Beauty lies in the simplest of things (II)

Cuando se es el autor de una publicación como esta, una de las peores sensaciones que se puede tener es sentir que no estamos a la altura de la situación. Y no estar a la altura de la situación es por ejemplo, no llevar la cámara cuando nos cruzamos con alguien que nos encantaría tener por aquí. No estar a la altura de la situación es sentir que tenemos un blog que ha cambiado nuestras vidas y no tenemos la deferencia ni siquiera de llevar la cámara con nosotros cuando salimos de casa. En el contrato social que tengo conmigo mismo como autor de este blog, en algún lado se decreta que nunca haré nada que no quiera hacer. Que no llevaré la cámara cuando simplemente tenga ganas de dar un paseo con las manos en los bolsillos, que no buscaré a alguien adrede ni aunque hayan pasado dos semanas sin fotografiar a nadie o no voy redactaré un texto sólo porque haga tiempo q no escribo uno. Y honestamente, creo que ese es el secreto para que vuelva a esta página con placer.
Tal vez no la visite o escriba tan a menudo como antes. Tal vez pase un mes sin consultar las estadísticas (que hace 2, 3 y 4 años verificaba diariamente) y tal vez una serie de pequeñas cosas que en el pasado me preocupaban, hoy ni siquiera me de cuenta de ellas. Pero hay cosas que no cambian. Y una de ellas es el gozo que todo esto me da todavía. El gozo que da salir a comprar pan, mantequilla o leche (o lo que me falte para el desayuno de un sábado) y hacer una(s) foto(s) de esta(s). Ese gozo que me hizo comenzar este blog. El gozo de cruzarme en algún lugar en esta capital (cada vez menos) periférica con personas que nuestro sentido diario entiende cómo "comunes". Ese concepto de persona que podemos encontrar junto a nosotros en la escuela, en un banco (institución financiera o asiento estrecho y largo, situado en un jardín), en una oficina, un estudio, en un taller o en un centro comercial. Ese concepto de persona que nuestra imaginación idealiza encontrar en el metro, tranvía, autobús, en un paso de peatones o en los semáforos.
Este tipo de persona que de tan genérico que es, deja de ser un tipo. Y en este momento recuerdo aquello que otrora pensé sería el propósito de este blog. Un elogio a la supuesta banalidad. Un elogio a lo que entendemos como "común" (12. adj. Corriente, recibido y admitido de todos o de la mayor parte. 3. adj. Ordinario, vulgar, frecuente ) [Diccionario de la RAE].
Y ahora que miro esta imagen (cuya simplicidad- unas botas y una gabardina- cumple tan bien con este propósito) y recuerdo que fue tomada un sábado por la mañana mientras esperaba que llegaran los panecillos que me servirían de desayuno, me di cuenta que de las 1001 cosas que me propuse hacer en la vida, este de elogiar la supuesta banalidad (y darle el valor debido a las pequeñas simplicidades de la vida), fue seguramente el que mejor cumplí

martes, 2 de abril de 2013

Al final el desequilibrio también es una cosa bonita

Afinal o desequilíbrio também é uma coisa gira

Una bonita secuencia de este desequilibrio puede verse aquí; otras imágenes más equilibradas de esta persona pueden verse allí

lunes, 25 de marzo de 2013

Carolina

Carolina

Cuando vi a Carolina en una calle de Oporto, no se lo dije pero me pensé para mi que aquel abrigo/trenca/o-como-narices-lo-quieran-llamar me recordaba al albornoz que todavía hoy esta colgado en la puerta de mi habitación en casa de mis padres. Es más, recuerdo haberlo exhibido orgullosamente en la única fiesta de pijamas a la que fui invitado, y de pensar que era una pena no tener una prenda de ropa para usar fuera de casa que pudiese recordar, de alguna manera, a aquel bonito pedazo de lana.
Por lo visto alguien en Zara (no $%&"#, nadie me pagó para decir la marca, me gustó tanto esta vez que fue solo cuestión de preguntar) también debe tener, en casa de sus padres o abuelos, un albornoz del que nunca en la vida querrá deshacerse.

[una bonita secuencia de este mismo albornoz de calle puede ser vista aquí; otros albornoces y complementos de la misma Carolina pueden verse alli]

jueves, 21 de marzo de 2013

lunes, 11 de marzo de 2013

Luigi - El arco iris en Milán

124 - Luigi - O arco-íris em Milão124 - Luigi - O arco-íris em Milão (2)

No conseguía contener la emoción. Luigi no se había girado todavía y ya estaba yo enviando un sms a mi hermana describiéndolo de la cabeza a los pies. Todo me impresionó: cada pieza, cada accesorio, el porte, el encanto, incluso la masculinidad inmaculada que aquellos colores no conseguían restarle. "Cuando sea mayor quiero ser como él", me encontré pensando. Si el Sastre se acabase hoy, dormiría tranquilo. Pero ¿a quién estoy intentando engañar? ... ¿Acabarse?  Ni por asomo. No puedo evitarlo.

Hasta mañana

Luigi - El arco iris en Milán

124 - Luigi - O arco-íris em Milão 124 - Luigi - O arco-íris em Milão (2)

No conseguía contener la emoción. Luigi no se había girado todavía y ya estaba yo enviando un sms a mi hermana describiéndolo de la cabeza a los pies. Todo me impresionó: cada pieza, cada accesorio, el porte, el encanto, incluso la masculinidad inmaculada que aquellos colores no conseguían restarle. "Cuando sea mayor quiero ser como él", me encontré pensando. Si el Sastre se acabase hoy, dormiría tranquilo. Pero ¿a quién estoy intentando engañar? ... ¿Acabarse?  Ni por asomo. No puedo evitarlo.

Hasta mañana

miércoles, 27 de febrero de 2013

Una bonita visión de China

A beautiful view from China


[otras visiones de esa misma China se pueden ver aquí también]

domingo, 24 de febrero de 2013

miércoles, 20 de febrero de 2013

Impactante

Impactante


(descubrí, por algunos comentarios, que la chica impactante también tiene un blog; este blog)

[esta publicación se puede ver por aquí también]

lunes, 18 de febrero de 2013

Un parisino, vestido como un inglés, en una calle de Madrid

A french guy dressed like an englishman somewhere in Madrid

Que me parece decir:

- ¿Quien te dijo que ya no se usa pajarita?

miércoles, 13 de febrero de 2013

(también se poner ) Cara de mala

Cara de má


Decía, el otro día, que las personas que aquí aparecen, tienen también el poder de condicionar lo que aquí sucede en el futuro. Esta fotografía es la prueba de ello. Cuando acepté este trabajo me preguntaron si había algún niño que quisiera fotografiar. Y yo, que me acababa de presentar a Leonor en pleno Mirador de São Pedro de Alcântara, encogí los hombros y dije:
-Hay una niña que fotografié el otro día, Leonor. La madre me escribió, puedo preguntar si le hace gracia la idea.
Así fue. Y cuando aquel día, al llegar al Jardín de La Estrella, vi a Leonor por segunda vez, me di cuenta de que lo que quiera que hubiese visto en ella cuando la vi la primera vez no era - como ya sospechaba – una mera coincidencia. Y no digo más, que ya empiezo a temer por el ego de la pequeña


jueves, 7 de febrero de 2013